Ya ha pasado un año y todavía sigo esperando escuchar tu alarma de las 6:45, verte cerrar mi puerta para no despertarme y, antes de irte,  sentir que te vas a trabajar con un beso en mi mejilla. Me encantaría decir que ya no te echo tanto de menos, que cada día es un poco más fácil entrar en casa y no poder tirarme sobre ti para contarte qué tal mi día o decirte que tapes tus vergüenzas porque voy a traer alguien a casa. Pero, realmente, no puedo mentirte.

No es un sentimiento constante de dolor, solo un pequeño gran vacío que a veces te domina y te hace ser un poco menos tú. A veces se muestra como tristeza, otras como mala leche y en ocasiones como esperanza porque todo sea un sueño. Es raro, como si todavía pudieras pasar cualquier día por la puerta después de un duro día de trabajo y me dijeras que te vas a jugar un rato al ordenador. Por cierto, no quiero alarmarte, pero tras tu marcha es más que probable que tu ciudad del Facebook haya sido destruida. Lo bueno es que dejarás de pedir amistad a mis compañeros de la universidad para que te ayuden a construirla, aunque creo que hasta yo te ayudaría si volvieses (incluso con la parte del parque de atracciones para zombies).

365 días y todavía te recordamos todos, los pequeños y los grandes. Normalmente son tonterías, pero siempre nos hacen sonreír. Cuando vamos a un buffet tratamos de seguir tu norma de tres postres, pero somos unos flojos y caemos a la primera de cambio, no te haríamos estar muy orgulloso. También solemos hablar de la guillotina en la Plaza Mayor para los políticos que hacen de las suyas, ahora más que nunca. Además, no te preocupes porque mantenemos muchas de tus originales costumbres como el “juaning” (estar tirado y dejar pasar el día) o comer en la cama con una tabla como mesa.

Cuando te digo que todos te recordamos, quiero decir todos. Una de las cosas más dolorosas era pensar que los peques ya no te iban a recordar, que eran demasiado pequeños para quedarse con todos los buenos momentos que pasaste con ellos. Me encanta equivocarme en esto, ya que las niñas creen que estás en el cielo y saben que las estás protegiendo desde lejos, nunca me había parecido una idea tan bonita como ahora.

Puedo decir que eres una gran parte de mí, que todos nuestros buenos y malos momentos me han hecho madurar y ser tan niña, en ocasiones, como para hacer el canelo sin sentir vergüenza por el qué pensarán.

Te llevamos en nuestro corazón, te llevamos en nuestro pensamiento y esperamos que allí donde estés haya un gran buffet de postres y una buena cama donde nos estés esperando para darnos un gran atracón.

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