Desde que eres pequeño, tus padres te enseñan que lo que prometes debes cumplirlo y, si no lo haces, debes enmendar el error y asumir que has hecho algo malo. Si decides no hacerlo como costumbre, tu palabra comienza a perder significado para la gente que te rodea y poco a poco las personas dejan de creer en lo que dices.

Esta simple regla puede extrapolarse, prácticamente, a todos los ámbitos de tu vida, tanto cuando tienes 5 años y prometes devolver un juguete en buen estado a otro niño como cuando tienes 40 años y dices a tu hijo que vas a jugar con él durante la tarde. En ambos casos si la lías acabas teniendo que pedir perdón y asumes que tus acciones tienen consecuencias negativas para otros.

Y si esta norma es uno de los pilares de tu existencia, piensas que quizás también sea importante para otras personas e, incluso, a la hora de hacer negocios sea un punto a tener en cuenta. De hecho, si lo pensamos, los contratos son promesas de ambas partes puestas sobre el papel, tu palabra y mi palabra sobre cómo queremos que se realice tal trabajo, durante cuanto tiempo y qué retribución merezco si cumplo mi parte.

Cuando un jefe no te paga, te quejas. Si tu trabajo no está hecho, tu jefe te echa una bronca, como tus padres cuando pintabas la pared de niño o le dabas una leche a tu hermano pequeño. Es decir, cuando incumples una norma (escrita o implícita) la otra parte afectada se queja.

Entonces, mi pregunta es ¿por qué nos hemos acostumbrado a que nos vale cualquier cosa como clientes? Vas a un restaurante y pides la carne poco hecha, te la traen muy hecha y, por no montar una escena, no te quejas. Es como si no te quejases por no cobrar, por si tu jefe puede sentirse ofendido. A ver, tú pides un servicio y pagas por el mismo, te aseguro que si te levantas de la mesa y te vas, los camareros te van a seguir exigiendo que abones la cuenta. Entonces, lo justo es que si ellos no realizan bien su cometido tengan que enmendar su error.

Es como si nos diera vergüenza. El otro día estuvimos unos amigos y yo en una famosa cadena de comida (Llamémosla VIPZ) en un centro comercial. Tras unos 15 minutos en la fila nos sentaron, obviamente tienes que esperar esa cola porque si no tienen sitio no te van a poder atender. Pero, una vez que te sientan, es su deber atenderte en un tiempo lógico y servirte como es debido. A continuación expondré los acontecimientos que han dado lugar a este post:

  1. Tardaron como veinte minutos en tomarnos nota.
  2. La bebida llego rápido, lo que hizo que la media hora esperando el entrante fuera más evidente.
  3. Nos traen coca colas de otra mesa varias veces y les explicamos que nos son nuestras, salvo eso no vemos al camarero para nada más hasta que traen el combo.
  4. Llega, por fin, el entrante, pero los aros de cebolla están pasados. En ese momento discutimos si decirlo o no, porque teníamos muchísima hambre tras la espera. Sabemos como deben de ser los aros y, claramente, esos no son del día. Decidimos quejarnos.
  5. Diez minutos para que nos vea un camarero. Se lo decimos y se lo lleva.
  6. Como cinco minutos después vuelve con el mismo plato (sorprendente, porque si hay algo en mal estado debería cambiarse el plato completo, ya que es un problema del restaurante). Pero, y lo más grave de todo, es que ha echado los aros buenos sobre la capa de aros pasados de los que nos hemos quejado. ¡Asqueroso!
  7. Nos quejamos, esta vez a la encargada, y nos dice que el combo corre de la cuenta del restaurante. Vemos como claramente los camareros están hablando de nosotros porque nos señalan.
  8. Los segundos platos tardan todavía un rato en llegar y, cuando lo hacen, falta el de uno de los comensales. Nos volvemos a quejar a los diez minutos y el camarero se hace el sorprendido, parece que no había apuntado el costillar que demandamos.
  9. Tras otros quince minutos llega y comemos, nos cuesta como quince minutos más pedir la cuenta y cuando lo hacemos el camarero va rápido y sin cuidado. La mesa de al lado se queja porque tras media hora para que le traigan la cuenta, cuando ha llegado el camarero no les ha dado tiempo ni para darle la tarjeta de la cadena.
  10. Pagamos y huimos.

Solo diré una cosa, si hubiera estado mi madre ahí os habría enviado al rincón de pensar. Así que lo mínimo que debería hacer una gran cadena es disculparse y aprender a organizarse, no poner como excusa que hay demasiada gente como para dar un servicio de calidad. Tienes las mesas, tienes que prever que pueden llenarse un sábado por la noche en un centro comercial céntrico. Y si no, es que realmente no estás preparado para llevar ese tipo de negocio y, por tanto, deberías cerrar o asumir que las quejas vendrán día sí y día también hasta que cumplas lo que prometes.

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